viernes, 3 de enero de 2014

EVALUACIÓN Y ASISTENCIA DE LA ELECCIÓN VOCACIONAL O PROFESIONAL

Descripción:
Implementado para toda aquella persona con el interés de acercarse a una elección plena en el ámbito de su elección vocacional o profesional, siendo asistido por especialistas en el campo de la psicología clínica por medio de una evaluación psicológica y una serie de entrevistas.

Objetivo:
Asistir a los orientados por medio de una evaluación psicológica que medirá áreas tales como capacidad, inteligencia, personalidad e intereses vocacionales, siendo seguida de una serie de entrevistas clínicas y acompañamiento en la difícil decisión. 

Al finalizar el proceso se hará entrega de un reporte psicológico así como una recomendación de las carreras que el orientado puede tomar en función de los resultados de las pruebas psicológicas así como de lo trabajado de las entrevistas.







Impartido por:
Profesionistas de la psicología clínica, especialistas en el tema de la Orientación Vocacional.

Mtro. Edgar Francisco Vázquez
Psicoanalista y psicólogo clínico. Egresado en la Maestría en Clínica Psicoanalítica. Supervisor del departamento de Orientación Vocacional en la Facultad de Psicología de la U.A.N.L. Catedrático con experiencia en evaluación psicológica así como en asistencia terapéutica de orientación psicoanalítica.

811 620 1759
Mtra. Dora Elizabeth Moreno Gómez
Psicoanalista y psicóloga clínica. Egresada en la Maestría en Clínica Psicoanalítica. Supervisora del departamento de Orientación Vocacional en la Facultad de Psicología de la U.A.N.L. Psicóloga de Educación Especial en la S.E.P. Con experiencia en el trabajo con niños y adolescentes en los ámbitos educativo y clínico.
Contacto: mgdora@gmail.com

818 0237760

La violencia del deseo de los padres en la elección vocacional: entre la seducción, la opresión y el abandonamiento.

Estamos dispuestos a abordar una problemática muy en específico de un fenómeno el cual conocemos bien desde la práctica clínica. La naturaleza del deseo de los padres en función de la elección vocacional. En la practica que estamos dispuestos a compartir en la presente exposición, hemos estado expuestos ante las demandas de orientación solicitadas en su mayoría por adolescentes, o como aparece también en el fenómeno, su otro formato, los padres.
                Guiados por la técnica y teoría del manejo de adolescentes en la clínica, nos situamos en un borde de la práctica la cual se mimetiza con el fenómeno que esta siendo abordado: el adolescente. El adolescente como tal, trae consigo, entre otras cosas también, la incertidumbre de los territorios simbólico-imaginarios por los cuales habita. No siendo un adulto, tampoco un niño; deambulando entre el amor y el odio; perdido por la independencia absolutista y la dependencia abnegada; así mismo el adolescente, en su fenómeno de la clínica, borra los bordes de la técnica en sí misma.
                ¿Quién es el paciente y quién es al que le debemos nuestra confidencialidad cuando el padre demanda saber sobre el tratamiento del hijo? Es de las primeras preguntas que el clínico tiene que resolver cuando comienza a trabajar con adolescentes.
                En los casos de orientación vocacional que llevamos algún tiempo trabajando, estos bordes se transitan muy comúnmente.
Les comento rápido que el abordaje empleado en la orientación vocacional trae consigo un fin clínico, no solo instrumental: no solo de aplicación de pruebas y devolución de resultados. El orientador, el psicólogo clínico, debe escuchar, hipotetizar e intervenir en los casos de tal forma que vaya integrando los diferentes elementos que el orientado trae, vaciando en el instrumento de la entrevista psicológica una serie de temas que el encuadre mismo ofrece. Uno de ellos, el deseo de los padres.
A pesar de no ser el elemento primordial en un todo general de los casos que hemos trabajado en orientación vocacional, sí es un elemento que está en la periferia, y nos llama la atención en particular. Comenzar a trabajarlo teóricamente traerá complicaciones que se multiplicaran mientras avanzamos. Intentaremos mantenernos centrados en un eje.
El problema aparece como tal. ¿Qué implica la elección vocacional en función del deseo de los padres del orientado? ¿Acaso no se tiene la madurez cognitiva para poder decidir por uno mismo en la adolescencia? El apropiado apoyo de los padres, incluso siendo aversivo, cognitivamente podríamos decir, que el chico tiene la capacidad de abstracción como para encontrar soluciones alternas. ¿Por qué no encontramos eso en el fenómeno de la elección vocacional? ¿Por qué encontramos chicos perdidos en las opciones de carrera? Después de todo solo tienes que elegir una carrera, un que-hacer que hagas medianamente bien y te deje retribución económica para sobrevivir en el mundo neoliberal de nuestros días. ¿Qué de complicado tiene eso?
Cuando eliges una carrera, no eliges un que-hacer cualquiera, eliges un prefijo a tu personalidad. El licenciado José González, la Doctora Bertha Manriquez, El arquitecto Jesus Espinoza. Por mencionar ejemplos, son prefijos que se pegan a lo que “ERES”. Son prefijos que se instauran en tu personalidad, en tu máscara, en tu carácter frente a los demás.
Por lo tanto si hablamos de personalidad, de carácter y de máscaras, considero que estamos deambulando advertidamente por las aguas de lo que conocemos en el psicoanálisis como Estructura. Para poder definir lo que es Estructura en psicoanálisis debemos pasar por el desarrollo psicosexual para desembarcar en la tercera etapa con su tercer acto, la conclusión final de la trilogía: El Edipo. A partir de la vivencia y las experiencias edípicas, el sujeto se estructurará en función de lo que la experiencia de la clínica nos ha provisto: una estructura neurótica, psicótica o perversa. Y habrá dos funciones que tomarán un papel primordial para tal estructuración: la función materna y la función paterna. Así que podríamos señalar que el deseo de los padres está atravesando la estructuración de la personalidad del sujeto, de una manera u otra y la problemática y el abanico de posibilidades es muy amplio.
Entonces, ¿somos libres, podemos hacer lo que deseamos? La respuesta del psicoanálisis, palabras más o palabras menos, es negativa. No solo estamos sujetados, amarrados y atados, al lenguaje, sino que nuestro deseo es el deseo del otro. Nos han enseñado a desear, queramos o no. No hay escapatoria absoluta.
El deseo de los padres dentro de la constitución del sujeto es etimológicamente violento. Ya que violenta, se introduce y arremete contra el sujeto sin previo aviso. Lo trastoca, y si han podido atender un poco los fenómenos de violencia, darán cuenta de esa característica que sostiene, la característica de cosificar la experiencia humana, y el deseo mismo de uno, que otra vez no es otra cosa que algo prestado del otro. Si tienen duda de esta característica de violencia, pregúntenle a Remy, personaje principal de la película de animación, Rattatouille, ya que la única forma que encontró para defenderse de la cosificación de su experiencia de rata es por medio de la alucinación del fantasma de un chef obeso llamado Gustof.
Entonces no somos libres, y pero aun, vivimos a merced del deseo de otro. En cierto sentido los adolescente enseñan muchas más cosas al psicoanálisis, si dibujamos apropiadamente la ruta por la cual expresan su rebelión.
Los adolescentes,  estando sujetados del deseo del otro en el camino que traen trazado por su Edipo, enuncian su revolución de personalidad buscando la cristalización de su carácter. Se  enfrenta, a una crisis y etimológicamente la palabra crisis, en una de sus acepciones, refiere al momento contingente de una resolución. ¿Ante qué crisis o resolución se encuentra el adolescente?
David Flores en su articulo “Voy a andar de pelo suelto: sobre el adolescente en su búsqueda de advenir yo”,  habla del fantasma del padre, que arremete violentamente, ya sea desde la realidad compartida o la fantasía, contra la voluntad del adolescente en este periodo de crisis o resolución. Plantea tres opciones de resolución que a última instancia son dos ya que las dos primeras, estructuralmente están posicionadas en el mismo lugar.
La primera es darle vasto a la demanda del padre, haciendo y diciendo todo lo que este desea. Convirtiéndose en aquel que el padre busca, por temor a perder su amor. El adolescente encuentra en esta resolución una forma de existencia debajo de la sombra parental.
La segunda es contradecir la demanda del padre, haciendo y diciendo todo lo contrario que este desea. Convirtiéndose en la contraparte, el negativo de lo que el padre busca, con tal de poder sostener un lugar autónomo, con las comillas que le pertenecen a la palabra autónomo, ya que en realidad encontramos a un adolescente incapaz de vivir en una paz, debido a la angustia de disolución que siente si pierde este lugar de replica eterna. Podemos incluir en esta clasificación a los “Rebeldes sin causa aparente”.
Las dos anteriores van en función del deseo del padre.
La tercera, remite a la posibilidad de un acto, no un “yo quiero hacer”, sino un “hacer”. Ante esta posibilidad el adolescente se implica no en un acto en “nombre del padre”, sino en un acto en “nombre de sí mismo”, un acto que conlleva riesgos y angustia para poder jugárselas más allá de lo que diría el otro.
Les traigo unos ejemplos que deambulan dentro de nuestra cabeza como fantasmas:
¡¿Qué vas a estudiar, psicología?! ¡Ni que estuvieras loco!” “Estudia de Doctor, porque mi padre fue doctor y yo soy doctor y como somos una estirpe tocados por el dedo de dios para ser médicos, ¡tú también debes de ser medico!” “Estudia Ingeniero químico que tu tío fulanito puede meterte en Pemex, y ya pues tienes la vida resuelta”.
Estos son algunos ejemplos llevados al límite que podemos testimoniar del deseo de los padres a partir del discurso de los orientados.
A continuación, relataré superficialmente dos casos de Orientación vocacional, esperando dar luz sobre esto que hemos estado trabajando, para posteriormente terminar con nuestras conclusiones.
El primer caso es el de una chica de 16 años, estudiante de una preparatoria de la Uni, vive regularmente en la casa de sus abuelos debido que se encuentra cerca de las instalaciones del recinto educativo. Se muestra y se refiere a sí misma, como una chica vivaz, de mucha comunicación con sus compañeros, despierta y dispuesta a trabajar todas las inquietudes que una elección vocacional demanda.
Entre las opciones que le despierta su elección, menciona comunicóloga, educadora, apareciendo otras carreras tales como veterinaria y psicología a lo largo del trabajo de las entrevistas.
Dentro de las observaciones clínicas que podríamos hacer, existe este elemento que nos llama la atención: contrastando su personalidad vivaz, decidida y despierta con la inhibición provocada por la angustia generada por la dificultad de elección en su carrera.
Explorando en las entrevistas sus vínculos, nos encontramos con esta diferenciación que ella misma muestra con sus palabras y su actitud, una diferenciación en cuanto a la identificación que tiene con sus padres. Se siente muy distinta a ellos, muy diferente, separación que el hecho de vivir con sus abuelos la ha acrecentado, al término de señalar que no se siente nada cómoda el estar viviendo en su propia casa los fines de semana. Al explorar la opinión de los papás sobre la elección vocacional menciona que es nula, ellos simplemente la apoyarán en la carrera que escoja.
Al finalizar, y después de un trabajo de acompañamiento en la elección final, la orientada escogió la carrera de educadora, misma carrera que sus papás profesan, para posteriormente hacer una corrección a psicología.
En otro caso de orientación vocacional una chica de igual de 16 años de edad, estudia en una prepa del conalep. Al cuestionarle sobre cuales podrían ser sus opciones, no menciona nada concreto en función de qué es lo que le gusta hacer o qué se podría imaginar trabajando. Entre las opciones que menciona solo aparece como cantante la única a la cual le llamaría la atención, siendo en la prueba de interés vocacional, Kuder, la escala musical la única alta en función de las demás. Al cuestionarle si ha estudiado sobre música o el canto, así como sus influencias y los principales expositores de los estilos musicales que escucha, explica que el único lugar en el cual canta es en la regadera.
Explorando sobre sus vínculos y su familia, menciona ser la mayor de tres hermanas, siendo la segunda apenas un año de diferencia y la tercera diez años menor. La hermana menor padece de una discapacidad que no supo precisar, siendo una silla de ruedas necesaria todo el tiempo para su transportación. En cuanto a el animo de la familia en función de este tema, ella menciona que es ciertamente bajo, donde, sin poder precisar otra vez, el distanciamiento de sus papás es sensible. Para la tercera entrevista, cuestionándole sobre cómo ella se relaciona con su papá, con lágrimas en los ojos y una inhibición en su habla, confiesa que su padre es violento con ellas, explicando que algunas veces puede estar de mal humor o hablarles fuerte. Precisando que no la golpea, pero sí ha llegado a zaranderla del brazo cuando ha hecho algo mal.
Al finalizar, igualmente después de un trabajo de acompañamiento, la chica decidió por una carrera de turismo, siendo esta introducida y elaborada a partir de las entrevistas, sin un desenvolvimiento que nos haya dado la sensación de una decisión concreta y final. Al terminar el trabajo con ella se le dejó abierta la posibilidad de regresar con nosotros si considera necesario o si le aparecen otra vez las inquietudes.

Lo que me gustaría subrayar de estos dos ejemplos de casos, es el deseo parental. Los dos, a pesar de tener diferencias observables, comparten elementos en sus discursos que nos servirán para las conclusiones que queremos compartir.
Mientras que en el primer caso los padres no ejercían mucha violencia sobre la elección vocacional, la orientada demostraba en su personalidad un desenvolvimiento muy distinto al de sus papás: era vivaz, decidida y sociable. Esto, sin embargo, no evitó el haber sentido una angustia profunda en cuanto a la elección vocacional se refiere.  Pareciera que es un lugar común de nuestros días, de nuestros papás modernos, permisivos, y preocupados por enaltecer el autoestima de sus hijos, permitiendo que él o ella misma haga la decisión, siendo ellos totalmente comprensivos, dando el apoyo que se necesita. Lo que aparentemente los padres no alcanzan a ver en esta táctica de educación, es que los adolescentes no saben lo que desean, porque como decíamos, están en una crisis.
En el segundo caso, el deseo de los padres estaba muy presente, lo que observábamos en la orientada era una discapacidad de elegir completamente sobre, no solo a qué dedicarse, sino  quién era o qué le gustaba. Evidentemente el contexto familiar era complejo, la chica carecía de herramientas y elementos yoicos, así como apoyo por parte de su familia para sobrepasar la crisis de adolescencia y su respectivo síntoma, la elección vocacional.
¿Qué es lo que conecta a los dos casos? Desde nuestras conclusiones pensamos que es la posición del sujeto en base del deseo parental. En el primer caso un deseo permisivo e invisible, y en el segundo uno visible, violento y agresivo en función de la palabra del sujeto y las posibilidades de su personalidad para resolver tales conflictos.
A la luz de estos dos casos y ante los otros casos que hemos podido supervisar, consideramos que este elemento del deseo de los padres en la elección vocacional se desenvuelve a partir de tres constelaciones, que el orientado vivirá y expondrá ante su propia experiencia.
La primera constelación, los padres seductores y persuasivos que le dan al chico las promesas de oportunidad y plenitud absoluta al estudiar una carrera porque tiene más campo de trabajo o cualquier otra razón.
La segunda constelación, los padres que abandonan, con la finalidad de darle espacio al adolescente, bajo una ideología de consumismo neoliberal, esa ideología que dice “entre más opciones tengas, y más espacio de libertad, más feliz eres capaz de ser”, cosa que en la práctica se vuelve ineficaz, el adolescente (y cabe decir que el adulto también) siente angustia por la falta de referencia. Una decisión tan importante trae consigo el fantasma de no poder dar vuelta atrás.
La tercera constelación, los padres opresores, dispuestos a violentar al adolescente por su propio bien, pues vaya, “él no sabe qué es lo que quiere, no sabe de la vida, yo sí sé de la vida, yo le diré qué hacer”, las consecuencias de esta táctica es que cosifica al sujeto, lo vuelve un objeto y no hay nada peor que sentirse a merced del deseo del otro, pregúntenle a cualquier psicótico.
Toda esta experiencia que hemos desenrollado, como lo hemos estado diciendo desde el principio, va en función del discurso del orientado. El deseo de los padres en la elección vocacional es en sí mismo un fantasma que puede perseguir, puede ahogar, seducir, o aprisionar por su ausencia. Es parte de nuestro trabajo clínico escuchar este apartado de la experiencia humana para intervenir en los casos y darle un acompañamiento a la elección vocacional.


  

jueves, 29 de noviembre de 2012

“Entre la espada y la pared” con las Psicosis.


Por Edgar Vázquez




                La transferencia es la joya del dispositivo psicoanalítico. Sin el análisis de ella no existe dispositivo, es la función en sí misma que da vuelta a la rueda llamada por Freud “cura”. Como concepto psicoanalítico guarda dentro de sí el núcleo del análisis, sin el cual podríamos estar haciendo cualquier otra psicoterapia, pero no Psicoanálisis. Trae consigo un nudo conceptual que lleva tiempo entender y saber emplear en la dirección de la cura: podemos hablar de repetición en función de las figuras parentales, podemos hablar de regresión hacia la imagen del analista, idealización y alabanza en esa misma imagen, podemos hablar de pulsión de muerte, destrucción por la figura del analista, podemos hablar de castración, “¿cómo es que ya se acabó la sesión nada más porque tú dices?”, tal cual una paciente me compartió algún tiempo atrás, podemos hablar de diagnóstico, podemos hablar del amor, porque el amor es transferencia, y ninguna otra de las “psicologías” hablan del amor tal y como lo habla el psicoanálisis.
                ¿Por qué lleva tiempo entender y saberla utilizar en la dirección de la cura? Porque está direccionada siempre hacia el analista, hacia la persona, hacia la figura del que está enfrente, o detrás, podría ser, en tal caso de estar en un diván. Porque trae consigo la posibilidad ilusoria y fantasmatica de enredarse en la misma transferencia proyectada por el paciente. El término “contratransferencia”, ampliamente rechazado por lacan, y por un servidor, por el mismo hecho de estar funcionando como un tecnicismo, como un malfuncionamiento en un supuesto que debería funcionar, una variable extraña que hay que descartar. No, hay que decirlo con todas las letras, hablar las cosas por su nombre: “odio a mi paciente”, “me aburre mi paciente y me hace bostezar”; en vez de “la contratransferencia está haciendo efecto”. El análisis de eso llevará a la posibilidad de ponerlo al servicio de la dirección de la cura.
                Dentro de las Neurosis, la transferencia traerá consigo un supuesto: el lugar del supuesto saber, donde el neurótico apuntala con su pregunta: “¿Qué es ser mujer?”, “¿Estoy vivo, o estoy muerto?”. Sin embargo dentro de las Psicosis el efecto de la transferencia incluirá un reverso que trastoca la técnica en sí misma.
                Sin la necesidad de ahondar mucho en el profundo trabajo teórico que implica conocer la Estructura de la Psicosis, sabemos de antemano que el mecanismo principal radica en la Forclusión. Mientras que en la Neurosis, el mecanismo primordial es la Represión, en la psicosis, la Forclusión permite al sujeto estructurarse en función de un “déficit”, algo que le diferencia de un Neurótico: el nombre del padre.
¿Qué sucede en las Psicosis?, como lo plantea Calligaris, la Metáfora Delirante efectúa un papel primordial en la significación subjetiva del sujeto, válgame la redundancia. Mientras que en las Neurosis la Metáfora Paterna provee al sujeto la posibilidad de creer en una Ley, una ley que promueve la interacción pacífica entre los sujetos, entre sus deseos y una separación agradable y cómoda de sus quehaceres, en las Psicosis, la Metáfora Delirante provee de una posibilidad de implementar un orden sobre el caos. El caos del deseo del otro. Dentro del Delirio no existe la posibilidad de la pregunta, de la posibilidad de la opinión del otro. Es un saber puro que trae consigo el delirante ante la figura del analista como un testimonio, no como una posibilidad de validación, todo lo contrario, nosotros como psicoanalistas, como psicólogos clínicos, somos testigos del saber del delirante. Un ejemplo que un profesor ilustraba en este sentido, hablando de un delirante que decía haber sido abducido por los extraterrestres, imaginando que el psicoterapeuta, lego del psicoanálisis, intentara proveer de una confrontación con la “realidad”, le dice: “vayamos pues a ponerlo en un estudio de rayos X, veamos, pues, el aparato que usted dice que fue implantado en contra de su voluntad”. A lo que el delirante responde: “bueno, usted está loco, doctor. ¿Cómo se le puede ocurrir que una tecnología tan obsoleta y primitiva como los rayos X pudiera dar testimonio de la avanzada tecnología alienígena?”.
El delirio se defiende a sí mismo. Trae un vórtice de congruencia, imposible de eludir. Y si fuera incluso posible de eludir, la apuesta psicoanalítica es no hacerlo. Porque eso mismo, el Delirio, la Metáfora Delirante, es lo que le sostiene al paciente. Hay que aprender de ella.
Hemos de compartir, por la experiencia que nos da la clínica, que escuchar un discurso delirante es profundamente exhausto, cansado. Trae consigo una inercia la cual uno es convocado como testigo. Escuchar un discurso delirante contrae retos hacia el narcisismo del analista, hacia la tangibilidad de “reducirse” a un espectador, tal cual podría llegar a escuchar el Yo inflamado de un analista que levita sobre sus propias palabras. Contiene retos hacia la escucha del analista también, cuando lo imperante del discurso delirante, la tendencia a la cual invita es a la de la comprensión, como decía Lacan, “una vez que comenzamos a comprender, ya no estamos escuchando nada”.
¿Y podríamos entonces suponer que dentro del análisis con un paciente con Estructura Delirante no existe la transferencia? Sí la hay, pero la pregunta es ¿qué tipo de transferencia? “… de la nada no puede hacerse nada.”  Diría Shakespeare. Y es que, caminando por el sendero del desarrollo psicosexual, la oportunidad que un paciente pueda tener con su psicosis (porque por supuesto que hablamos en plural, “las psicosis”, así como “las neurosis”, minimizar la subjetividad es peligroso) va a depender del vínculo que ha podido desarrollar a partir de su estructura. En el transcurso del tratamiento el analista se vale de la parte neurótica del paciente, como lo comenta Rosenfeld. Esto significa que en la relación transferencial el paciente delirante se valdrá del bagaje vincular ofrecido en su propio Edipo.  Y el analista, igual a la relación vincular con los padres de la primera infancia, se valdrá del acompañamiento, del sostenimiento y la integración ofrecida al caos emocional de los objetos parciales del paciente, que como la escuela inglesa nos muestra, podría deambular sin tregua alguna entre la posición esquizo-paranoide y la posición depresiva.
Estar frente a las Psicosis es estar entre la espada y la pared. Porque exponen, a carne viva, un reverso en la técnica, una posibilidad, que no cualquier analista está dispuesto a tomar. Un lugar donde la escucha, la técnica y la teoría se ponen a prueba, de una manera que las Neurosis no necesariamente hacen.  


Bibliografía

Calligaris, C. (1991). Introducción a una clínica diferencial de las psicosis. República Argentina: Ediciones Nueva Visión.
Rosenfeld, D. (2011). El alma, la mente y el psicoanalista. México: Paradiso Editores.

viernes, 7 de septiembre de 2012

Holmes, House y Wayne; tres mitos dentro la misma estructura.


Edgar Vázquez.


La mitología y el psicoanálisis se encargan de la misma naturaleza: la humana. La primera, cual mural, desglosa los contenidos inconscientes de la cultura conformada por el humano: parricidio, incesto, angustia, envidia, dolor, tragedia, son parte de sus caminos más concurridos. La segunda, escucha el discurso del sujeto escindido descifrando el saber que no se sabe que se sabe. Como menciona Sels(1), ambas trabajan con lo irracional, ambas trabajan con historias, con discursos y en ambas la metáfora es primordial.
El estudio de los mitos como un semblante previo a la ciencia (mito vs logos) es prácticamente la posición de nuestros tiempos conforme a la naturaleza de la narración mitológica. Un conocimiento que se presenta a través del hueco conformado de la palabra con la cual se cuenta la historia, el mito, la novela o la narración. ¿Es esta la razón por la cual los mitos se repiten? Pareciera que algo dentro de su estructura narrativa y naturaleza hueca permite una reformación, reconstrucción y reinterpretación de la historia en sí misma. Cada boca le da un nuevo significado, cada escritor restablece una nueva estructura y cada artista posibilita un nuevo brochazo, siempre, bajo elementos discerniblemente repetibles.


El presente armado tiene como fin dar pie a la articulación de tres historias que tienen una misma naturaleza mitológica: Sherlock Holmes, escrito por Sir Artur Conan Doyle, House M.D., creado por David Shore, y Batman, creado por Bob Kane, tomando primordialmente la última interpretación del personaje en el celuloide, Batman The Dark Knight Rises, dirigida por Christopher Nolan, así como la novela gráfica de Frank Miller, Batman: Año Uno.
Los últimos dos, House y Wayne, son reinterpretaciones del primero, uno más que el otro, podríamos agregar. Un mito que se vuelve a contar a sí mismo. Incluso incluiríamos en la descripción el éxito obtenido por la serie Sherlock, de la BBC, una reinterpretación moderna del investigador ingles, donde novedosamente utiliza un Smartphone para resolver sus casos.
Lo interesante que nos gustaría obturar de esta ali(e)neación narrativa es la naturaleza del héroe, en los tres casos: un hombre de internalizaciones profundas, investigador que deduce los detalles más obvios que otros erraron en omitir. De mente resaltante, su cualidad de inteligencia asombra a los cercanos. De naturaleza trágica, su esencia provoca una proyección excéntrica hacia los demás, cercanos y lejanos. No importando que estén dentro de la misma realidad simbólica azarosa y negligente, sus cercanos no están de acuerdo con sus métodos. Cuentan con acompañantes que sirven a la historia para ayudar a digerir la intensidad excéntrica del personaje central, son los ojos de los lectores, espectadores o televidentes, dependiendo el caso.
Mientras que Sherlock cuenta con Watson, Gregory cuenta con Wilson y Batman cuenta con Robin. Watson es el narrador mismo de la mayoría de las historias de Sherlock escritas por Sir Artur Conan Doyle, provocando un instrumento literario de valioso calibre al momento de situarnos junto con Watson ante las excentricidades del personaje principal donde los vicios y trasgresiones podrían volverse inescrutables. De la misma manera, nos ayuda a elogiarlo, depositarlo como héroe. Watson es la única persona en algún momento que lo admira, ya que la policía británica solamente lo ubica como pretensioso, presumido y “freak”, detalle el cual no es muy errado.


La problemática principal de House M. D. es, de una manera tangente, la de la moral y la ética, ubicando al personaje de Wilson como el compás moral de la serie, enfrentando y confrontando a la ética negligente de House ante el juicio del televidente. De una u otra manera los señalamientos de Wilson ayudan al personaje principal a tener una claridad de acción, haciendo a último momento lo que considera que deba hacerse, a pesar de no ser lo correcto, he ahí el goce del televidente mismo: ver a House trasgredir, algo que el neurótico común no se permite.
Recordemos entonces la naturaleza de la creación del personaje de Robin en la edición de abril de 1940 de los comics dibujados y escritos en su mayoría por Bob Kane. La creación de Robin fue dificultosa, el editor no estaba tan seguro de que un niño debiera luchar contra el crimen. Las ventas se duplicaron, los lectores dieron su veredicto: “queremos a un niño que nos ayude a entender las acciones de este mayor, y nos podamos relacionar de una manera más fácil ante la historia, utilizando a este personaje como proyección”. Posteriores escritores reinterpretarían al personaje de Robin como ese personaje que ayuda a Batman a tener un poco de humor y sensibilidad ante la realidad sanguinaria de Gótica, además que a partir de eso, se puede desenvolver una faceta interesante de él, la paterna.
La excentricidad de los personajes principales de este armado es fundamental también para la historia que cuentan. Adictos y de resoluciones fuera de lo común, por no decir, inmorales, provocan en el lector, espectador o televidente la sensación profunda de una posibilidad de acción distinta ante las esferas de poder. La realidad en la que viven, la ley simbólica, o la vida misma en sí, falla ante la mirada del ciudadano cualquiera. La única posibilidad de acción es el raciocinio y la resolución del misterio que se muestra indescifrable, no antes de desplegar, al final de cada historia, la lógica detrás que nuestro héroe logra desnudar.


Siempre y en cada historia de Holmes, la ley falla. El incompetente Inspector Lestrade necesita ansiosamente de las habilidades de observación del detective asesor. Ante la funesta e insoportable ineptitud judicial de la Scotland Yard, nuestro detective surge detrás de su pipa, para, con su mirada penetrante, hacer el trabajo correcto que el humano cualquiera fracasa en completar. Así mismo Gótica, y su sistema judicial corrompido y corrupto no logra darle una certeza de existencia al pequeño Wayne tras la muerte de sus padres. La existencia de Batman, tal y como la describe Frank Miller en Batman: Año uno, existe justa y exclusivamente por la enorme grieta del sistema en la cual opera el murciélago. Por último en las ocho temporadas de House M.D., este lucha incansablemente ante la ilógica necesidad de creencia y adoración a una deidad. La existencia conceptual de un dios, para House, se vuelve una insoportable concepción, y agrego pobre, burda e ilógica, de lo que significa apegarse ante creencias infundadas. El observar el azar con la cual la vida termina por la posibilidad de mirada de su profesión, hace que tome la lógica como la única forma de controlar el caos del universo en perpetuo movimiento.
Estamos, por lo tanto ante un mito que se repite a sí mismo. ¿Falta de creatividad? No podríamos explicar las ganancias e intereses mayoritarios ante el éxito de estas expresiones en el público general. Estamos ante la mitología del héroe moderno-postmoderno. Un hombre de posibilidades sobrehumanas, abstraído al raciocinio y con un compas ético injertado en su propia acción, no la de los demás. Un héroe que lucha contra sus propios demonios, contra sus adicciones y su pulsión de muerte empujándolo cada vez más al exilio. Un narcisismo enorme que le provoca infligir conflicto a las esferas de poder. Como decía una amiga cuando yo y otro compañero hablábamos de House, “estos histéricos fanáticos del otro histérico que solo le rehúye a la castración”. Estamos ante un mito donde el héroe en su camino encuentra antítesis que le posibilitan su existencia subjetiva, ya sea el Joker, ya sea Moriarty, el no estar solo en este mundo, no ser el único loco por ahí, le da un goce, un empuje y nos ayuda a entender más al protagonista en su lucha constante interna.
La prueba final para este mito es primordial y se repite. Los tres fingen su muerte ante los demás, con el fin, propio y exclusivo, de salvaguardar a sus cercanos. Con el fin de evitar que Moriarty ponga sus manos sobre Watson o la Sra. Hudson, o pasar los últimos ocho meses que le quedan de vida a su mejor amigo, o salvar Gótica de un holocausto nuclear. La prueba final para nuestro mito siempre es escoger el bien fraternal del propio, y mostrar, justificar, explicar con sus acciones que su ideología, a pesar del narcisismo, vicios y egolatría, siempre fue para los demás. Nuestro héroe se sacrifica por el amor, por amor a los que quiere.
Los tres mitos muestran aciertos y discursos que los diferencian uno del otro, pero comparten estructura. No es un asunto de copia, o falta de creatividad, es más bien, y es nuestra propuesta, la necesidad de contar la misma historia que necesitamos oír a cada generación por separado. Y si así fuera, si fuera un asunto de copia o falta de creatividad, Sir Artur Conan Doyle estaría bajo la misma lupa, ya que es sabido que su Sherlock Holmes es una reinvención, calca o inspiración, como le quieran llamar, del personaje escrito por el célebre Edgar Allan Poe, Auguste Dupin.




Referencias:


Sels, N.(Abril 2010). Myth, Mind and Metaphor. On the Relation of Mitology and Psycoanalisis.
Recuperado el 7 de Agosto del 2012.

Relatos de Sherlock Holmes.
Escritos Sir Artur Conan Doyle

Sherlock.
Desarrollada para televisión por Steven Moffat y Mark Gatiss.

House M. D.
Creado por David Shore.

Batman.
Creado por Bob Kane.

The Dark Knight Rises.
Dirigida por Christopher Nolan.

Batman: Year One.
Escrita por Frank Miller. Ilustrada por David Mazzucchelli. Coloreada por Richmond Lewis.

Relatos de Auguste Dupin.
Escritos por Edgar Allan Poe.


IMAGEN 1

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IMAGEN 3




domingo, 10 de junio de 2012

La Histeria y sus reediciones vinculares


La investigación psicoanalítica ha mostrado ampliamente el  entendimiento de la neurosis histérica. Incluso podríamos aseverar peligrosamente que la histeria inventó al psicoanálisis. El método de sugestión empleado por Freud y Breuer en Estudios sobre la histeria de 1893, permite entender la primera aproximación que tuvieron para tales casos clínicos. Tras el abandono de Breuer de los casos en aquel tiempo, la historia nos muestra que Freud jamás se consideró a sí mismo como buen hipnotista, el maestro era Breuer. Tuvo que vérselas bajo dificultades distintas y hubo un momento importante frente a la paciente referida por Breuer, Anna O. Un momento donde ella elude el método de sugestión y protesta por el procedimiento ofrecido pobremente por Freud. “Deje de hipnotizarme y escúcheme”, era el grito de emancipación metodológica.
                Freud lo hizo y es ahí donde la clínica cambia a la teoría y la teoría cambia la metodología clínica. Freud modifica su premisa principal. Evita la sugestión para aproximarse a la regla fundamental, la asociación libre. El inconsciente es develado a partir del lapsus, del sueño, de la equivocación del discurso del paciente.
                Para 1905 Freud publica un trabajo sobre la histeria: Fragmento de análisis de un caso de histeria. En él, su objetivo principal es poder articular el uso de la técnica de interpretación de los sueños sobre un caso clínico. Un trabajo incompleto, un historial clínico de tres meses, estructurado a base de dos sueños que la paciente formuló. Originariamente Freud quería titularlo “Sueños e histeria”, pero abandonó tal nomenclatura. El famoso caso de Dora nos muestra, por supuesto, como Lacan trabajaría posteriormente, una falla en la escucha de la transferencia de Freud. Una lectura detenida nos mostraría más los desaciertos que los aciertos Freudianos, sin embargo consideramos que la aportación teórica del caso es fundamental para lo que en años posteriores Freud seguiría trabajando.
En un primer momento observamos una separación sustancial a la lectura de la histeria que tiene el psicoanálisis en contrapartida a su época. Nos queda claro que desde tiempos anteriores, Freud ya había deslindado la penosa referencia etimológica de la palabra histeria, no existe ningún tipo de correlación entre el útero y los síntomas histéricos conversivos. Incluso Freud aseveraba la existencia de cuadro histérico en hombres.
En un segundo momento nos salta algo a la vista que es de sumo interés para nuestro presente trabajo literario. El caso clínico que Freud presenta es inmensamente detallado. En las primeras palabras incluso aparecen comentarios despectivos hacia las personas que estén interesados en la lectura del escrito por mociones de intereses voyeristas, si me permiten explicar de esa manera. Ya que Freud aclara de antemano el desnudo expositivo del historial clínico, de la vida de la paciente. Y es ese desnudo expositivo detallado el que permite estudiar detenidamente los fallos en la lectura de la transferencia del caso.
Lacan articula de manera importante los nódulos vinculares que la paciente experimenta transferencialmente en los principales personajes de su vida. Mientras que Freud sale airado con alguna interpretación en función de su persona como contraposición con el padre de Dora, por lo que él señala, un hombre fanático del puro también. Lacan atisba la pregunta histérica por excelencia: ¿Qué es ser mujer? Y por consiguiente la identificación histérica se asoma apuntada hacia la señora K.
Estos detalles transferenciales en los vínculos que el paciente expone en su presente los consideramos de importancia muy manifiesta. Entenderlos y articularlos teóricamente dejará un aprendizaje clínico de un monto muy valioso para el analista. Como explica Paul Verhaeghe: la neurosis es el manejo pulsional sobre el otro.    
                Existe una referencia muy interesante que ingresaremos en este punto a propósito del manejo pulsional sobre el otro. En un trabajo expuesto por la psicoanalista Mónica Ameijeiras donde advertimos los otros vértices que hemos también de incluir en este ejercicio literario. La conversión histérica aparece en demás de las veces de los cuadros patológicos escuchados en la  clínica. Ameijeiras delimita la afección conversiva como  “la libido separada de la representación y que se enlazaba a una inervación somática. Se encuentra en relación a un cuerpo, no de la biología, sino a una anatomía y una funcionalidad determinada por el significante. El síntoma es efecto de la represión que incide sobre el cuerpo y al tener estructura de metáfora supone un Sujeto, así el significante representa al sujeto para otro significante. Se trata de un ordenamiento en el cuerpo que limita al goce alojándolo en zonas erógenas”.    
                Nos gustaría repetir las palabras que consideramos fundamentales de esta cita: “Se encuentra en relación a un cuerpo, no de la biología, sino a una anatomía y una funcionalidad determinada por el significante”. Determinada por el significante. Como es sabido de la lectura lacaniana, el significante procede del gran Otro, del orden del lenguaje y de lo compartido. A partir de lo compartido es como el sujeto enerva su subjetividad. En este sentido, en el caso expuesto por Ameijeiras, la paciente, una mujer de 49 años, expresa una sintomatología constante en función de un dolor de cadera que la impedía caminar. A como ella misma lo expresa, ese impedimento era acompañado de un miedo a salir sola por la calle y que el dolor fuese tan intenso que no podría continuar, no podía salir sola. Ella se expresa de una manera muy afectuosa de su padre, un hombre muy alegre con el cual aprendió a bailar tango y paso doble, hasta el día en que justamente dejó él de bailar por sus problemas en la cadera.
                La referencia es obvia y nos hace preguntar en función de la reflexión de este caso, ¿cómo opera el síntoma histérico? Ameijeira nos muestra con esta exposición la importancia de la noción de repetición que debemos tener en cuenta en los síntomas y en general del discurso del neurótico. Ese significante compartido, esa identificación que opera a forma de repetición, a forma de semblante.

                ¿A  qué nos referimos con “reedición de los vínculos”? El regreso de lo reprimido es una constante para la concepción psicoanalítica del sujeto escindido. La compulsión a la repetición desemboca por un contenido no elaborado, reeditado y manufacturado como un error del sistema. En la clínica la compulsión a la repetición converge en diferentes manifiestos sintomáticos, uno de ellos es la transferencia. La transferencia posibilita una lectura del inconsciente en dos lugares al mismo tiempo. Por un lado da esta posibilidad ya mencionada de entender un pasado reeditado y manifestado en el presente, durante el espacio analítico. Por otro lado la transferencia es una resistencia misma situada sobre el analista para evitar hacer consciente lo inconsciente.
                Luis Carlos Restrepo habla de la transferencia en una equivalencia equiparada con el juego. “Ambos son repetición”, dice. Recordemos el “For-da” de Freud. Recordemos el ir y venir del juguete, una elaboración póstuma de la desaparición del objeto amado. Una forma de ejercicio inconsciente o segundo intento de solución, si me permiten el simplismo.
                El dispositivo psicoanalítico está instaurado para develar el inconsciente, y de entrada, la transferencia hemos de decir. ¿Qué sucede entonces en lo salvaje? En el páramo inerte de lo silvestre, fuera del dispositivo analítico. Freud dice que hay amor, y Lacan lo secunda.
                ¿Qué es el enamoramiento? Sino otra cosa que un engaño, un señuelo, un intento de respuesta a través de otro. Una promesa a ser completo y una posibilidad de borrar la falta. Es una estafa que el sujeto mismo se hace. Algo no muy distinto al análisis, hemos de agregar. A lo que Lacan denominaba como el sujeto supuesto saber, esa promesa, fantasía de que las respuestas están en el analista. Así es como funciona el enamoramiento, y la elección de objeto está enraizada a una historia particular sostenida en el Edipo.

domingo, 20 de mayo de 2012

Sobre estructura: el psicoanálisis es la clínica de las consecuencias.


Por Edgar Vázquez.
“Somos lo que hacemos
con lo que hicieron con nosotros.”
Jean-Paul Sartre

Antes de iniciar cualquier camino debemos establecer bien nuestras bases. Nos detendremos para definir y articular la conceptualización de estructura que tiene el psicoanálisis. De entrada esta problemática nos resolverá un tema de alto manejo preventivo: la postura del psicoanálisis sobre el diagnóstico.
¿Qué entendemos de la palabra diagnóstico? Evidentemente la referencia médica nos salta al camino. Y en un primer momento a Freud también le saltó en el camino. En lo que a nuestro tiempo respecta (y posteriormente hablaremos del tiempo de Freud) aparece esta postura de la psiquiatría y algunas formas de terapéuticas psicológicas representadas en la nosología del DSM-IV y el CIM 10.  La intención inicial de estas posturas es una recopilación estadística sobre las enfermedades mentales dándole una intencionalidad primordial cuantitativa, dejando a un segundo plano su aspecto cualitativo. La explicación teórica se vuelve esencialmente descriptiva: fija e inmoviliza la experiencia humana, arrancándola de cualquier contexto subjetivo. Su intencionalidad fijaría la práctica clínica en una objetivación científica, neutral y comprobable, gracias al manual estadístico en uso.
La pregunta que planteamos. ¿Cuáles son las consecuencias de esta postura psiquiátrica referida hacia DSM IV? Conjeturar la subjetividad humana en criterios diagnósticos preestablecidos nos hace referenciar a cierto grado de autoritarismo: una simplicidad defensiva, una obturación de la complejidad humana. Pero tal posición de nuestra parte también implicaría una simplicidad hacia el fenómeno. Las instituciones de asistencia pública de orden psicológico, a falta  de una referencia mejor, solicitan la obturación del diagnóstico clínico basado en estos criterios preestablecidos autoritarios para sus fines de archivo. Su contra parte, el psicoanálisis, ¿tendría la oportunidad de dar alguna respuesta? La verdad es que no.  
La realidad es que para precisar el uso del diagnóstico del psicoanálisis, tenemos que saber exactamente qué no hace. Algo que no hace es delimitar la subjetividad ante parámetros preestablecidos teóricos. El psicoanálisis toma el discurso, una funcionalidad de vínculo social, como su primordial uso, y en ese efecto, bajo la constitución del escenario analítico, se da la libertad de escuchar libremente. Un elemento tan importante como la transferencia da inicio a todo el mecanismo del escenario analítico: la probabilidad de poner en uso el vínculo mismo inconsciente del paciente para el posterior análisis y la posibilidad de una “cura”.
Freud nos puede dar luces en este aspecto. Mientras en sus primeros trabajos de construcción teórica Freud utilizó conceptualización psiquiátrica de su tiempo, rápidamente dio cuenta de la forma en la cual tuvo que estructurar su clínica. Aquella famosa anécdota por la paciente conocida como Anna O. “¡déjeme hablar y ya no me hipnotice tanto!”. Una demanda que Freud escuchó, y dio lugar. Así simplificamos que el uso de la clínica psicoanalítica va implicada en el caso por caso, en la particularidad que cada paciente otorga a su discurso, escuchamos el síntoma y se le da lugar al relato que pueda desplegar. Más allá del signo y la referencia estadística, el psicoanálisis se preocupa por estructura.
Hay un ejercicio nosológico, eso es cierto. Una articulación teórica que precisaremos. Pero es importante denotar que ese uso de la articulación teórica y ejercicio nosológico va implicado a una escucha. La teoría y la clínica están entrelazadas. No hay oportunidad de diferenciar rotundamente una de la otra. Cada teorización concebida por algún psicoanalista va en función de los casos los cuales la experiencia analítica le ha otorgado. La teoría es una discreta compañía que ayuda a esclarecer el lugar del discurso, pero en un segundo momento, en un segundo lugar, no en el momento de análisis. Freud lo hacía, en su momento de reflexión, posterior al día de trabajo, cuando escribía las cartas y sus estudios de casos al finalizar el día.
 Entonces, ¿cómo diagnosticar en psicoanálisis? Joel Dorr nos explica tres enseñanzas básicas que la “sagacidad precoz de Freud nos mostró”. La primera habla de la dimensión potencial del diagnóstico, lo explica como un acto deliberadamente planteado en suspenso y consagrado a un devenir. Siguiendo esto, el diagnóstico es un devenir bajo un referencial científico hipotético consagrado a una constante reevaluación. Ciertamente el tiempo es la mejor arma de la clínica analítica, pero es importante delimitar el espacio estructural en la cual el discurso del paciente se mueve para comenzar a decidir la orientación de la cura. La segunda es que la constante evaluación de la propuesta diagnóstica, posterga el uso de cualquier intervención terapéutica. La tercera enseñanza, nos muestra Joel Dorr, se refiere al tiempo empleado para disponer de esa evaluación diagnóstica.
Entonces entendemos que dentro del uso de la técnica psicoanalítica, la entrevistas preliminares son fundamentales para concluir si el sujeto es analizable o no. Al mismo tiempo el uso de estas entrevistas permitirá construir una acepción diagnóstica y en esta línea podremos ir entendiendo la particularidad del sujeto atado a su propio discurso, deviniendo una hipótesis diagnóstica, constantemente puesta a reflexión; como Freud aclaró certeramente: un “tratamiento a prueba”.
¿Cómo podemos entender las “coordenadas del discurso”, ese ejercicio nosológico, ese espacio de reflexión? Para el psicoanálisis lo que define el determinismo psíquico del ser humano está articulado bajo el término de Estructura. Y existen tres nomenclaturas definidas de estructuras: Neurosis, Psicosis y Perversión. Para la reflexión moderna psicoanalítica la denominación de “normal” está removida de la mesa. No existe normalidad en psicoanálisis, tampoco normatividad, muy a duras penas entendimientos de seres humanos funcionales y disfuncionales. Desde el inicio, la psicopatología es un eufemismo de la normalidad: “Psicopatología de la vida cotidiana”, confesó Freud desde muy temprano en la construcción de su teoría. Para el psicoanálisis solo hay tres posibilidades ya antes descritas.
Y es algo muy interesante porque dentro de la clínica lo único que existe son “anormalidades”, cuando el problema ha explotado, el conflicto. Lo que el paciente trae a disposición, que algunas veces puede estar instaurado en el motivo de consulta o no, es el Síntoma. Y lo denominado y entendido como Síntoma dentro del psicoanálisis, una vez más, es muy distinto a lo que se le conoce en las ciencias médicas. Dentro del psicoanálisis el Síntoma es un conflicto regulado por un determinismo psíquico designado bajo causalidades inconscientes. A diferencia de una clasificación médica, dentro del psicoanálisis el Síntoma no es un signo implicado a determinismos casualistas, más bien un significante instaurado en una red discursiva que tiene sentido a partir de los eslabones de su propia cadena asociativa.   
El ama de casa que va con el psicólogo porque le duele la cabeza, le es inevitable al momento de hablar de sus avatares, referirse por asociación a su esposo y los dolores de cabeza que le causa. Entonces es cuando se le puede preguntar: ¿su esposo es una jaqueca? Solo cobra sentido bajo el contexto de esta ama de casa desesperada, en ningún otro lado.
El Síntoma es un sentido en sí mismo de conflicto. Un conflicto instaurado por instancias psíquicas, las cuales Freud nos mostró cómo funcionaban. El Síntoma es una expresión de la gestión del deseo que el sujeto tiende a organizar. El Síntoma tiene destinatario y se le manda a alguien. Aquello que se dice está en función de un vínculo social perpetuo, el deseo es el deseo del otro. Y dentro de las características particulares de cómo expresemos ese Síntoma pueden observarse distintos elementos que la experiencia de la clínica nos muestra.
El primero ya lo mencionamos, la característica del conflicto, las instancias en constante antagonismo. Mientras que la pulsión se expresa en deseo, el Ello empuja, la lógica se sobre pone; el principio de realidad se materializa y el Yo tiende a jalar hacia el otro lado. La maldición del humano de estar dividido, una hiancia estructural: la bestia, los impulsos y el deseo en contraposición de la  civilización, las buenas morales y lo que es correcto. ¿Es esto a lo que Freud se refería con un “pensamiento inconciliable a la consciencia”? Un pensamiento que faltará tan intensamente a las leyes de lo ético, lo estético y lo moral, que la misma psique tuviera que defenderse de él.
                En “Estudios sobre la histeria” de 1895, Freud y Breuer describen el caso de una mujer con dolores en las plantas de los pies y una dificultad intensa para caminar. Su historial clínico demuestra la muerte de su hermana en algún punto entre un estado aparentemente saludable y la enfermedad conversiva que sufría en el presente. La paciente comparte que durante el momento del funeral tuvo un pensamiento de lo más repulsivo y horroroso. Pensó que ahora que su hermana ha muerto, su cuñado estaba libre para ser esposado. La paciente subraya que estaba parada sobre sus plantas de los pies en tal momento.
                El Síntoma es una metáfora que se juega bajo otro significante, discúlpeme la redundancia. Mientras que el pensamiento repulsivo y horroroso es inconciliable a la conciencia, falta con varias estipulaciones morales, la mujer no puede hacer otra cosa más que Reprimirlo. Pero ¿qué se reprime? La representación, explica Freud, y la energía pulsional ligada a tal representación reprimida tiene que viajar por adherencia inconsciente a otro significante, en este caso particular y descrito, las plantas de los pies.
                Este conflicto es una fuente de angustia dentro del mundo psíquico, provoca, como ya mencionamos entre líneas, que el sujeto se defienda. Mecanismos de defensa son utilizados para evitar hacer consciente lo inconsciente, una naturalidad psíquica estructural que el ser humano desarrolla. Cada una de las tres estructuras clínicas desglosan un uso mayoritario y particular de un mecanismo de defensa. Estructuralmente la Neurosis utiliza la represión, la Psicosis la forclusión y la Perversión la renegación.
                El desarrollo psicosexual son etapas más o menos consiguientes y universales para todo individuo dentro de la misma cultura. El psicoanálisis las define en Etapa oral, anal y fálica. Siendo estas tres estructurantes en el psiquismo del sujeto. Freud encuentra en la sexualidad una forma en cómo el sujeto se enfrenta a un otro, a la vez que a una pulsión, un deseo, una zona erógena, una demanda, todo esto para definir una estructura.  Como Lacan dijo, sin el Edipo, el psicoanálisis sería no otra cosa que un delirio. Es a través de la triangulación edípica que el sujeto pone a prueba las relaciones vinculares en las cuales se está desenvolviendo. A la vez que aparece la ley, el padre entra en la triangulación y el sujeto tiene que aprender a relacionarse con un elemento que en realidad no es nuevo, sin embargo sí novedoso: la castración.
                El sujeto se enfrenta en este desarrollo psicosexual ante la existencia de un otro, la catectización objetal y el desarrollo de una economía libidinal. En un primer momento, el cachorro humano, ese pedazo de carne y hueso está sublevado por el instinto. Es debido a la cultura, al trato con el otro, en este caso la función materna, que comienza a aparecer un movimiento distinto: el instinto se convierte en pulsión. El primer encuentro con el otro que provee, con el pecho materno, que alimenta y gratifica, ese objeto maravilloso mágico y absoluto, pronto devendrá en nostalgia. Ya que el objeto una vez encontrado se perderá. Esa gratificación absoluta que apareció en el sujeto pronto será una huella mnémica prototípica para toda pérdida y a la vez sustento desde la fantasía cuando se pretende alcanzar la prosperidad.
                Es bajo esta lógica que el psicoanálisis se vuelve un tipo de abordaje clínico único. La transferencia es parte de la dinámica, se analiza y se pone al servicio del paciente. La forma en cómo se percibe a la figura del analista es una expresión más del inconsciente y la gestión de su deseo.  La forma vincular, la relación con el otro es otro elemento de la estructura psíquica. No hay otra forma de encontrarse, solo se puede escuchar bajo el encuentro con el otro. La escucha clínica no es una habilidad, es un ejercicio constante, una forma de poner a prueba la teoría, todo caso es una puesta a prueba del saber psicoanalítico. La interpretación, el señalamiento y el cuestionamiento funcionan a partir de los efectos que se observan en el discurso. El psicoanálisis es la clínica de las consecuencias.



domingo, 22 de abril de 2012

Sobre Perversión, Tecnología y Cerebros Positrónicos.

“Solamente una mentira que no esté
avergonzada de sí misma
puede tener posibilidades
de éxito”.
Isaac Asimov

¿Se ha encontrado usted, querido lector, en esa situación en aquella tarde de domingo mojada y amontonada de estruendos, calmada de aburrición porque la electricidad nos abandona y para ese instante, en ese momento, entramos al baño bajo cualquier necesidad e intentamos encender la luz?
Un “Ah, que idiota” nos aborda.
Y no es lícito acomodarlo bajo la designación de descuido, ¡sabíamos que no había luz! Era nuestro quehacer psíquico en el instante, nuestra fuente de mal agüero y cejas fruncidas. El “no hacer nada” nos había acorralado igual que la oscuridad y la luz candela con su calor nos recuerda al medievo. Es ahí donde usted, querido lector, estoy seguro, habrá tocado fondo y comenzado a jugar haciendo figuritas con las sombras de sus manos, placer más infantil y sencillo jamás igualado en tales tardes de ocio.
Somos dependientes de la tecnología, en nuestro tiempo somos/estamos de/pendientes de ese algo que nos conjunta y une a la cultura tecnócrata de por sí. Nuestra postmodernidad es sinónimo del avance sensiblemente exponencial en cuanto a recursos, habilidades y alcance humano. Somos producto de nuestro tiempo y somos hijos de nuestra cultura. Detalle interesante a tratar porque pareciera que esa tal llamada cultura, como pudimos coquetear en líneas atrás, está amorfamente unida a esa tal denominada tecnología.
Nuestro quehacer diario (y denominamos a “cultura” en estas especificas líneas como todo aquello que compartimos cotidianamente) tiene implícito el uso de un celular, la construcción de una pagina web, transferencia de información satelital, internet inalámbrico e ilimitado, que de por sí estas palabras ya designan el alcance de la tecnología de nuestros días, o por lo menos desde la fantasía, que ya es suficiente.
 Nuestra tecnología en nuestra realidad citadina va de la mano a la cultura; lo que expresamos, personajes famosos hechos por youtube para perecer a la semana, nuestros mails que compartimos, los amigos que saludamos al otro lado del globo, la película que bajamos que todavía no está en el cine, la canción de moda que es nuestra si queremos, el atesorado momento onanista con la chica de tus sueños pornográficos, todo es parte de nuestra cultura y nuestra memoria colectiva y por lo tanto también nuestra memoria individual. Porque para nuestros días los aparatos tecnológicos recaudan nuestra memoria. Los dispositivos son colectores eruditos de nuestras vidas y nuestro pasado inmediato. Tomamos nuestra memoria en nuestras manos y la vemos en la pantalla de nuestro celular. Somos uno con los objetos y los objetos son uno en nosotros.
Me recuerda a un cuento de Isaac Asimov llamado “La última pregunta” donde desarrolla la historia de la humanidad a lo largo de millones de años debido a que empieza con una simple pregunta que se le hace a la maquina más grande de todo el planeta: Multivac. Esta maquina de inteligencia artificial no tiene los datos suficientes para responder y el humano se la pasa los siguientes millones de años cuestionándola con respecto a este tema. Para cuando al fin la maquina tiene la respuesta, ya no había humanos a los cuales compartirlas, porque ya eran parte de ella.
Irónicamente cabe preguntarnos, bajo el pretexto del análisis de este cuento, ¿Cuál es el fin de la tecnología, la ciencia y el conocimiento humano? ¿Son un medio del uso humano para alcanzar bienestar? ¿Herramientas para sobrellevar la vida más fácil? ¿Dones de Dios? ¿Un pretexto para hacernos sentir seguros dentro de nuestras chozas?
Nuestro planteamiento retoma estos elementos e intenta llevarlos a un camino distinto, amable lector: ¿Acaso no será una línea divisoria entre la naturaleza y aquello perv-vertido que construimos llamado cultura?
Analicemos esto un segundo, querido lector; cada especie del planeta se ha encomendado a una tarea, una empresa esencial para su supervivencia: la adaptación. Cada especie es una pieza de la forma en la cual interactúa con otras especies y juntas, en un todo, se constituye una naturaleza, algo natural, algo que no tiene otro modo de ser, podríamos pensarlo como un punto cero, si me permite mi atrevimiento. Pero llegó un momento en que el humano se vio en el reflejo de las aguas, integró y concibió su imagen, se dio nombre, dio cuenta de sus pulgares retractiles e inventó el lenguaje. Parece ser que una vez que hizo esto ya nada pudo pararlo, y fue de esta manera que negó su naturaleza. Pintó una raya gracias a su conocimiento, su leguaje y  sobretodo su tecnología y así legitimizó su propia concepción del universo: la cultura. Parece ser que el humano nació bajo un precepto antinatural, si usted lector asiduo me permite mi reflexión, le imploraré solo un pequeño descaro: Concibamos al humano como un error en la naturaleza como una esencia vertida en contraria posición.
Desde el psicoanálisis una de las tres estructuras clásicas de lectura del discurso del sujeto tomaría el nombre de perversión. Y la etimología de la palabra desglosa un significado de invertir o dar vuelta. El perverso desde el psicoanálisis invierte la ley y vive no desde la anarquía como un primer pensamiento estipularía, sino vive bajo la ley de su propio goce, bajo la necesidad de los lineamientos de su propio deseo y la instauración primordial de la pulsión de muerte.
¿No será acaso, querido lector, que este es el lineamiento del humano? El sobrellevar una supervivencia en base de sus propias necesidades, negando el orden natural de las cosas, negando el orden que le precedía a él, el orden que estaba antes que él. Viviendo bajo su propia ley, inventando nuevas leyes, dándole un “nuevo orden al universo”, el humano a vertido su esencia hacia otro lado y negado su propia natura.  Todo gracias a la tecnología y la forma de cómo la usa.
Pareciera que la línea que escinde la cultura de la naturaleza es la tecnología. Construimos cosas para salvaguardarnos de esa otredad que no entendemos, para domesticarla, o intentar domesticarla cuando en realidad es indomesticable. El humano en su prematurez dentro de la línea de la adaptabilidad tuvo que platear su debilidad para que se convirtiera en su fuerza. Su ineficaz corporal, la deficiencia de sus uñas para usar como garras, sus pies para nadar largas distancias, su fuerza no comparable a la de otros animales, no tiene veneno, mala visión, su olfato es pobre. Nada podía usar el humano para su defensa excepto los elementos antes mencionados como el lenguaje, su pensamiento, sus pulgares retractiles, todo esto dio como producto a la tecnología que hoy conocemos y usamos. Desde un pedazo alargado de madera con una piedra afilada en la punta hasta el tratamiento de quimioterapia utilizado contra el cáncer.
Somos uno con la tecnología y la tecnología es uno en nosotros. Porque sin ella no hubiera rayita divisoria entre esa otredad y “nuestro mundo”, nuestra cultura. No podemos culparnos tan duramente por intentar encender la luz en un apagón, porque es lo que nos separa de los animales, lo que nos sostiene en medio de todo esto inentendible, nuestra mentira, nuestra fantasía para pensar que tenemos control.