La investigación
psicoanalítica ha mostrado ampliamente el
entendimiento de la neurosis histérica. Incluso podríamos aseverar
peligrosamente que la histeria inventó al psicoanálisis. El método de sugestión
empleado por Freud y Breuer en Estudios
sobre la histeria de 1893, permite entender la primera aproximación que
tuvieron para tales casos clínicos. Tras el abandono de Breuer de los casos en
aquel tiempo, la historia nos muestra que Freud jamás se consideró a sí mismo
como buen hipnotista, el maestro era Breuer. Tuvo que vérselas bajo
dificultades distintas y hubo un momento importante frente a la paciente
referida por Breuer, Anna O. Un momento donde ella elude el método de sugestión
y protesta por el procedimiento ofrecido pobremente por Freud. “Deje de
hipnotizarme y escúcheme”, era el grito de emancipación metodológica.
Freud lo hizo y es ahí donde la
clínica cambia a la teoría y la teoría cambia la metodología clínica. Freud modifica
su premisa principal. Evita la sugestión para aproximarse a la regla
fundamental, la asociación libre. El inconsciente es develado a partir del
lapsus, del sueño, de la equivocación del discurso del paciente.
Para 1905 Freud publica un
trabajo sobre la histeria: Fragmento de
análisis de un caso de histeria. En él, su objetivo principal es poder
articular el uso de la técnica de interpretación de los sueños sobre un caso
clínico. Un trabajo incompleto, un historial clínico de tres meses,
estructurado a base de dos sueños que la paciente formuló. Originariamente
Freud quería titularlo “Sueños e histeria”, pero abandonó tal nomenclatura. El
famoso caso de Dora nos muestra, por supuesto, como Lacan trabajaría
posteriormente, una falla en la escucha de la transferencia de Freud. Una
lectura detenida nos mostraría más los desaciertos que los aciertos Freudianos,
sin embargo consideramos que la aportación teórica del caso es fundamental para
lo que en años posteriores Freud seguiría trabajando.
En un primer momento observamos una separación sustancial a la lectura de
la histeria que tiene el psicoanálisis en contrapartida a su época. Nos queda
claro que desde tiempos anteriores, Freud ya había deslindado la penosa
referencia etimológica de la palabra histeria, no existe ningún tipo de
correlación entre el útero y los síntomas histéricos conversivos. Incluso Freud
aseveraba la existencia de cuadro histérico en hombres.
En un segundo momento nos salta algo a la vista que es de sumo interés
para nuestro presente trabajo literario. El caso clínico que Freud presenta es
inmensamente detallado. En las primeras palabras incluso aparecen comentarios
despectivos hacia las personas que estén interesados en la lectura del escrito
por mociones de intereses voyeristas, si me permiten explicar de esa manera. Ya
que Freud aclara de antemano el desnudo expositivo del historial clínico, de la
vida de la paciente. Y es ese desnudo expositivo detallado el que permite
estudiar detenidamente los fallos en la lectura de la transferencia del caso.
Lacan articula de manera importante los nódulos vinculares que la
paciente experimenta transferencialmente en los principales personajes de su
vida. Mientras que Freud sale airado con alguna interpretación en función de su
persona como contraposición con el padre de Dora, por lo que él señala, un hombre
fanático del puro también. Lacan atisba la pregunta histérica por excelencia:
¿Qué es ser mujer? Y por consiguiente la identificación histérica se asoma
apuntada hacia la señora K.
Estos detalles transferenciales en los vínculos que el paciente expone en
su presente los consideramos de importancia muy manifiesta. Entenderlos y
articularlos teóricamente dejará un aprendizaje clínico de un monto muy valioso
para el analista. Como explica Paul Verhaeghe: la neurosis es el manejo pulsional sobre el otro.
Existe una referencia muy
interesante que ingresaremos en este punto a propósito del manejo pulsional
sobre el otro. En un trabajo expuesto por la psicoanalista Mónica Ameijeiras donde
advertimos los otros vértices que hemos también de incluir en este ejercicio literario.
La conversión histérica aparece en demás de las veces de los cuadros
patológicos escuchados en la clínica.
Ameijeiras delimita la afección conversiva como “la
libido separada de la representación y que se enlazaba a una inervación
somática. Se encuentra en relación a un cuerpo, no de la biología, sino a una
anatomía y una funcionalidad determinada por el significante. El síntoma es
efecto de la represión que incide sobre el cuerpo y al tener estructura de
metáfora supone un Sujeto, así el significante representa al sujeto para otro
significante. Se trata de un ordenamiento en el cuerpo que limita al goce
alojándolo en zonas erógenas”.
Nos gustaría repetir las
palabras que consideramos fundamentales de esta cita: “Se
encuentra en relación a un cuerpo, no de la biología, sino a una anatomía y una
funcionalidad determinada por el significante”. Determinada por el significante.
Como es sabido de la lectura lacaniana, el significante procede del gran Otro,
del orden del lenguaje y de lo compartido. A partir de lo compartido es como el
sujeto enerva su subjetividad. En este sentido, en el caso expuesto por
Ameijeiras, la paciente, una mujer de 49 años, expresa una sintomatología
constante en función de un dolor de cadera que la impedía caminar. A como ella
misma lo expresa, ese impedimento era acompañado de un miedo a salir sola por
la calle y que el dolor fuese tan intenso que no podría continuar, no podía
salir sola. Ella se expresa de una manera muy afectuosa de su padre, un hombre
muy alegre con el cual aprendió a bailar tango y paso doble, hasta el día en
que justamente dejó él de bailar por sus problemas en la cadera.
La
referencia es obvia y nos hace preguntar en función de la reflexión de este
caso, ¿cómo opera el síntoma histérico? Ameijeira nos muestra con esta
exposición la importancia de la noción de repetición que debemos tener en
cuenta en los síntomas y en general del discurso del neurótico. Ese
significante compartido, esa identificación que opera a forma de repetición, a
forma de semblante.
¿A qué nos referimos con “reedición de los
vínculos”? El regreso de lo reprimido es una constante para la concepción
psicoanalítica del sujeto escindido. La compulsión a la repetición desemboca
por un contenido no elaborado, reeditado y manufacturado como un error del
sistema. En la clínica la compulsión a la repetición converge en diferentes
manifiestos sintomáticos, uno de ellos es la transferencia. La transferencia
posibilita una lectura del inconsciente en dos lugares al mismo tiempo. Por un
lado da esta posibilidad ya mencionada de entender un pasado reeditado y
manifestado en el presente, durante el espacio analítico. Por otro lado la
transferencia es una resistencia misma situada sobre el analista para evitar
hacer consciente lo inconsciente.
Luis
Carlos Restrepo habla de la transferencia en una equivalencia equiparada con el
juego. “Ambos son repetición”, dice. Recordemos el “For-da” de Freud.
Recordemos el ir y venir del juguete, una elaboración póstuma de la
desaparición del objeto amado. Una forma de ejercicio inconsciente o segundo
intento de solución, si me permiten el simplismo.
El
dispositivo psicoanalítico está instaurado para develar el inconsciente, y de
entrada, la transferencia hemos de decir. ¿Qué sucede entonces en lo salvaje?
En el páramo inerte de lo silvestre, fuera del dispositivo analítico. Freud
dice que hay amor, y Lacan lo secunda.
¿Qué
es el enamoramiento? Sino otra cosa que un engaño, un señuelo, un intento de
respuesta a través de otro. Una promesa a ser completo y una posibilidad de
borrar la falta. Es una estafa que el sujeto mismo se hace. Algo no muy
distinto al análisis, hemos de agregar. A lo que Lacan denominaba como el sujeto
supuesto saber, esa promesa, fantasía de que las respuestas están en el
analista. Así es como funciona el enamoramiento, y la elección de objeto está
enraizada a una historia particular sostenida en el Edipo.

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