domingo, 22 de abril de 2012

Sobre Perversión, Tecnología y Cerebros Positrónicos.

“Solamente una mentira que no esté
avergonzada de sí misma
puede tener posibilidades
de éxito”.
Isaac Asimov

¿Se ha encontrado usted, querido lector, en esa situación en aquella tarde de domingo mojada y amontonada de estruendos, calmada de aburrición porque la electricidad nos abandona y para ese instante, en ese momento, entramos al baño bajo cualquier necesidad e intentamos encender la luz?
Un “Ah, que idiota” nos aborda.
Y no es lícito acomodarlo bajo la designación de descuido, ¡sabíamos que no había luz! Era nuestro quehacer psíquico en el instante, nuestra fuente de mal agüero y cejas fruncidas. El “no hacer nada” nos había acorralado igual que la oscuridad y la luz candela con su calor nos recuerda al medievo. Es ahí donde usted, querido lector, estoy seguro, habrá tocado fondo y comenzado a jugar haciendo figuritas con las sombras de sus manos, placer más infantil y sencillo jamás igualado en tales tardes de ocio.
Somos dependientes de la tecnología, en nuestro tiempo somos/estamos de/pendientes de ese algo que nos conjunta y une a la cultura tecnócrata de por sí. Nuestra postmodernidad es sinónimo del avance sensiblemente exponencial en cuanto a recursos, habilidades y alcance humano. Somos producto de nuestro tiempo y somos hijos de nuestra cultura. Detalle interesante a tratar porque pareciera que esa tal llamada cultura, como pudimos coquetear en líneas atrás, está amorfamente unida a esa tal denominada tecnología.
Nuestro quehacer diario (y denominamos a “cultura” en estas especificas líneas como todo aquello que compartimos cotidianamente) tiene implícito el uso de un celular, la construcción de una pagina web, transferencia de información satelital, internet inalámbrico e ilimitado, que de por sí estas palabras ya designan el alcance de la tecnología de nuestros días, o por lo menos desde la fantasía, que ya es suficiente.
 Nuestra tecnología en nuestra realidad citadina va de la mano a la cultura; lo que expresamos, personajes famosos hechos por youtube para perecer a la semana, nuestros mails que compartimos, los amigos que saludamos al otro lado del globo, la película que bajamos que todavía no está en el cine, la canción de moda que es nuestra si queremos, el atesorado momento onanista con la chica de tus sueños pornográficos, todo es parte de nuestra cultura y nuestra memoria colectiva y por lo tanto también nuestra memoria individual. Porque para nuestros días los aparatos tecnológicos recaudan nuestra memoria. Los dispositivos son colectores eruditos de nuestras vidas y nuestro pasado inmediato. Tomamos nuestra memoria en nuestras manos y la vemos en la pantalla de nuestro celular. Somos uno con los objetos y los objetos son uno en nosotros.
Me recuerda a un cuento de Isaac Asimov llamado “La última pregunta” donde desarrolla la historia de la humanidad a lo largo de millones de años debido a que empieza con una simple pregunta que se le hace a la maquina más grande de todo el planeta: Multivac. Esta maquina de inteligencia artificial no tiene los datos suficientes para responder y el humano se la pasa los siguientes millones de años cuestionándola con respecto a este tema. Para cuando al fin la maquina tiene la respuesta, ya no había humanos a los cuales compartirlas, porque ya eran parte de ella.
Irónicamente cabe preguntarnos, bajo el pretexto del análisis de este cuento, ¿Cuál es el fin de la tecnología, la ciencia y el conocimiento humano? ¿Son un medio del uso humano para alcanzar bienestar? ¿Herramientas para sobrellevar la vida más fácil? ¿Dones de Dios? ¿Un pretexto para hacernos sentir seguros dentro de nuestras chozas?
Nuestro planteamiento retoma estos elementos e intenta llevarlos a un camino distinto, amable lector: ¿Acaso no será una línea divisoria entre la naturaleza y aquello perv-vertido que construimos llamado cultura?
Analicemos esto un segundo, querido lector; cada especie del planeta se ha encomendado a una tarea, una empresa esencial para su supervivencia: la adaptación. Cada especie es una pieza de la forma en la cual interactúa con otras especies y juntas, en un todo, se constituye una naturaleza, algo natural, algo que no tiene otro modo de ser, podríamos pensarlo como un punto cero, si me permite mi atrevimiento. Pero llegó un momento en que el humano se vio en el reflejo de las aguas, integró y concibió su imagen, se dio nombre, dio cuenta de sus pulgares retractiles e inventó el lenguaje. Parece ser que una vez que hizo esto ya nada pudo pararlo, y fue de esta manera que negó su naturaleza. Pintó una raya gracias a su conocimiento, su leguaje y  sobretodo su tecnología y así legitimizó su propia concepción del universo: la cultura. Parece ser que el humano nació bajo un precepto antinatural, si usted lector asiduo me permite mi reflexión, le imploraré solo un pequeño descaro: Concibamos al humano como un error en la naturaleza como una esencia vertida en contraria posición.
Desde el psicoanálisis una de las tres estructuras clásicas de lectura del discurso del sujeto tomaría el nombre de perversión. Y la etimología de la palabra desglosa un significado de invertir o dar vuelta. El perverso desde el psicoanálisis invierte la ley y vive no desde la anarquía como un primer pensamiento estipularía, sino vive bajo la ley de su propio goce, bajo la necesidad de los lineamientos de su propio deseo y la instauración primordial de la pulsión de muerte.
¿No será acaso, querido lector, que este es el lineamiento del humano? El sobrellevar una supervivencia en base de sus propias necesidades, negando el orden natural de las cosas, negando el orden que le precedía a él, el orden que estaba antes que él. Viviendo bajo su propia ley, inventando nuevas leyes, dándole un “nuevo orden al universo”, el humano a vertido su esencia hacia otro lado y negado su propia natura.  Todo gracias a la tecnología y la forma de cómo la usa.
Pareciera que la línea que escinde la cultura de la naturaleza es la tecnología. Construimos cosas para salvaguardarnos de esa otredad que no entendemos, para domesticarla, o intentar domesticarla cuando en realidad es indomesticable. El humano en su prematurez dentro de la línea de la adaptabilidad tuvo que platear su debilidad para que se convirtiera en su fuerza. Su ineficaz corporal, la deficiencia de sus uñas para usar como garras, sus pies para nadar largas distancias, su fuerza no comparable a la de otros animales, no tiene veneno, mala visión, su olfato es pobre. Nada podía usar el humano para su defensa excepto los elementos antes mencionados como el lenguaje, su pensamiento, sus pulgares retractiles, todo esto dio como producto a la tecnología que hoy conocemos y usamos. Desde un pedazo alargado de madera con una piedra afilada en la punta hasta el tratamiento de quimioterapia utilizado contra el cáncer.
Somos uno con la tecnología y la tecnología es uno en nosotros. Porque sin ella no hubiera rayita divisoria entre esa otredad y “nuestro mundo”, nuestra cultura. No podemos culparnos tan duramente por intentar encender la luz en un apagón, porque es lo que nos separa de los animales, lo que nos sostiene en medio de todo esto inentendible, nuestra mentira, nuestra fantasía para pensar que tenemos control.

sábado, 7 de abril de 2012

Lo primero que aprendemos.

Por E. F. Vázquez.

Alguien se va. Alguien te dice “bye”. Alguien te da un “hasta luego”, un “no puedo estar contigo”. Alguien muere.
Con sus propios estandartes y distintos niveles las personas caen en desasosiego ante el adiós. ¿Cómo precisar la magnitud de una pérdida? –El sujeto no puede- señalaría Freud.
La separación es un constructo de contenidos angustiantes para el humano. En un nivel general, el hombre postmoderno nunca está solo. Siempre hay un Ipod, un celular, una cobertura 3G, un bam internet inalámbrico, una laptop, una computadora de escritorio, un PSP albergando la pronta utilización en caso de que una emergencia solitaria acontezca. No estamos preparados para estar solos, incluso más: le tememos a la soledad.
Es importante señalar que el adiós está relacionado con la soledad, la separación, el duelo y el vacío. El vacío generado entre la separación de los cuerpos, el duelo consiguiente por eso que no sabes que perdiste en aquello que perdiste y la consecuente soledad percibida a pesar de estar rodeado de gente.
Todo esto hace difícil una explicación completa desde una perspectiva psicológica. La psiquiatría, la psicología cognitiva, el psicoanálisis y demás formas de aborde terapéutico tienen sus artilugios mágicos para trabajar el duelo consecuente a un adiós. Pero la verdad nos golpea la cara con su naturaleza cruda y desoladora. A última instancia no puedes hacer algo concreto con un duelo que no sea acompañar. Cosa que es suficiente, sí, pero frases trilladas y desgastadas como “Oye, no es el fin del mundo” o “hay muchos peces en el mar” y esa consabida mierda optimista de decir “¡Ánimo!”…
… como si el gritarle en la cara a una persona mientras sacas confeti del pantalón constituyera un acto de alivio… yo creo que asusta.
El acto de alivio ante el duelo, ante el adiós, se simplifica en el acompañamiento, el estar ahí, incondicional. Algo que sostiene, alguien que soba, que apapacha. Asumir la pérdida deviene en distintas manifestaciones clínicas y diversas formas de palabra y dolor. “Espasmos después del adiós” mencionaría Cerati. “Canto porque me levanto siempre con las mismas penas” acentuaría Bunbury. Las desdichadas formas en las que el ser humano concibe su existencia son amplias en sabores, cada uno a su propia manera encuentra la forma de elaborar el duelo. Cada quien con su forma de lamerse las heridas, sea ayudado o solo; sea pintando o escribiendo, elaborando contenidos o reprimiendo recuerdos, abrigándose en la necedad de sentirse miserable o en acuerdo contrario de respirar hondo y levantarse con el pie derecho: “¡Yo sí puedo!”, grita a los cuatro vientos convenciendo a los demás cuando quiere en realidad convencerse a sí mismo. También hay gente que llora, gente que golpea a otra gente, hay gente que siente ese dolor en el pecho, como ardor que alcanzas a aliviar un poco con un suspiro, hay gente que tiene sexo, gente que se emborracha, intentando olvidar aquello que duele, hay gente que cree haber olvidado, gente que se empaqueta tres docenas de gansitos en su presentación de despecho, hay gente que sale inmediatamente a comprar, para llenar ese vacío irreductible en el estómago, ese ardor de algo que fue desprendido.
Porque el adiós nos enfrenta a ese precepto consabido de nuestra naturaleza incompleta. Nuestra naturaleza castrada, esa natura de la nada.
Hace mucho tiempo éramos completos. Dentro del vientre de mamá nadábamos, nos alimentaban, fuera de la contaminación, fuera de la presión atmosférica y fuera de esa molesta acción llamada respirar. La completud nos bastaba. Pero llegó ese hecho traumático: nacimos.
Esa fue nuestra primera enseñanza, aprendimos a decir adiós.