Por Edgar Vázquez
La
transferencia es la joya del dispositivo psicoanalítico. Sin el análisis de
ella no existe dispositivo, es la función en sí misma que da vuelta a la rueda
llamada por Freud “cura”. Como concepto psicoanalítico guarda dentro de sí el
núcleo del análisis, sin el cual podríamos estar haciendo cualquier otra
psicoterapia, pero no Psicoanálisis. Trae consigo un nudo conceptual que lleva
tiempo entender y saber emplear en la dirección de la cura: podemos hablar de
repetición en función de las figuras parentales, podemos hablar de regresión
hacia la imagen del analista, idealización y alabanza en esa misma imagen,
podemos hablar de pulsión de muerte, destrucción por la figura del analista,
podemos hablar de castración, “¿cómo es que ya se acabó la sesión nada más
porque tú dices?”, tal cual una paciente me compartió algún tiempo atrás,
podemos hablar de diagnóstico, podemos hablar del amor, porque el amor es
transferencia, y ninguna otra de las “psicologías” hablan del amor tal y como
lo habla el psicoanálisis.
¿Por
qué lleva tiempo entender y saberla utilizar en la dirección de la cura? Porque
está direccionada siempre hacia el analista, hacia la persona, hacia la figura
del que está enfrente, o detrás, podría ser, en tal caso de estar en un diván.
Porque trae consigo la posibilidad ilusoria y fantasmatica de enredarse en la
misma transferencia proyectada por el paciente. El término
“contratransferencia”, ampliamente rechazado por lacan, y por un servidor, por
el mismo hecho de estar funcionando como un tecnicismo, como un
malfuncionamiento en un supuesto que debería funcionar, una variable extraña
que hay que descartar. No, hay que decirlo con todas las letras, hablar las
cosas por su nombre: “odio a mi paciente”, “me aburre mi paciente y me hace
bostezar”; en vez de “la contratransferencia está haciendo efecto”. El análisis
de eso llevará a la posibilidad de ponerlo al servicio de la dirección de la
cura.
Dentro
de las Neurosis, la transferencia traerá consigo un supuesto: el lugar del
supuesto saber, donde el neurótico apuntala con su pregunta: “¿Qué es ser
mujer?”, “¿Estoy vivo, o estoy muerto?”. Sin embargo dentro de las Psicosis el
efecto de la transferencia incluirá un reverso que trastoca la técnica en sí
misma.
Sin
la necesidad de ahondar mucho en el profundo trabajo teórico que implica
conocer la Estructura de la Psicosis, sabemos de antemano que el mecanismo
principal radica en la Forclusión. Mientras que en la Neurosis, el mecanismo
primordial es la Represión, en la psicosis, la Forclusión permite al sujeto
estructurarse en función de un “déficit”, algo que le diferencia de un Neurótico:
el nombre del padre.
¿Qué sucede en
las Psicosis?, como lo plantea Calligaris, la Metáfora Delirante efectúa un
papel primordial en la significación subjetiva del sujeto, válgame la
redundancia. Mientras que en las Neurosis la Metáfora Paterna provee al sujeto
la posibilidad de creer en una Ley, una ley que promueve la interacción
pacífica entre los sujetos, entre sus deseos y una separación agradable y
cómoda de sus quehaceres, en las Psicosis, la Metáfora Delirante provee de una
posibilidad de implementar un orden sobre el caos. El caos del deseo del otro.
Dentro del Delirio no existe la posibilidad de la pregunta, de la posibilidad
de la opinión del otro. Es un saber puro que trae consigo el delirante ante la
figura del analista como un testimonio, no como una posibilidad de validación,
todo lo contrario, nosotros como psicoanalistas, como psicólogos clínicos,
somos testigos del saber del delirante. Un ejemplo que un profesor ilustraba en
este sentido, hablando de un delirante que decía haber sido abducido por los
extraterrestres, imaginando que el psicoterapeuta, lego del psicoanálisis,
intentara proveer de una confrontación con la “realidad”, le dice: “vayamos
pues a ponerlo en un estudio de rayos X, veamos, pues, el aparato que usted
dice que fue implantado en contra de su voluntad”. A lo que el delirante
responde: “bueno, usted está loco, doctor. ¿Cómo se le puede ocurrir que una
tecnología tan obsoleta y primitiva como los rayos X pudiera dar testimonio de
la avanzada tecnología alienígena?”.
El delirio se
defiende a sí mismo. Trae un vórtice de congruencia, imposible de eludir. Y si
fuera incluso posible de eludir, la apuesta psicoanalítica es no hacerlo.
Porque eso mismo, el Delirio, la Metáfora Delirante, es lo que le sostiene al
paciente. Hay que aprender de ella.
Hemos de
compartir, por la experiencia que nos da la clínica, que escuchar un discurso
delirante es profundamente exhausto, cansado. Trae consigo una inercia la cual
uno es convocado como testigo. Escuchar un discurso delirante contrae retos hacia
el narcisismo del analista, hacia la tangibilidad de “reducirse” a un
espectador, tal cual podría llegar a escuchar el Yo inflamado de un analista
que levita sobre sus propias palabras. Contiene retos hacia la escucha del
analista también, cuando lo imperante del discurso delirante, la tendencia a la
cual invita es a la de la comprensión, como decía Lacan, “una vez que
comenzamos a comprender, ya no estamos escuchando nada”.
¿Y podríamos
entonces suponer que dentro del análisis con un paciente con Estructura
Delirante no existe la transferencia? Sí la hay, pero la pregunta es ¿qué tipo
de transferencia? “… de la nada no puede
hacerse nada.” Diría Shakespeare. Y
es que, caminando por el sendero del desarrollo psicosexual, la oportunidad que
un paciente pueda tener con su psicosis (porque por supuesto que hablamos en
plural, “las psicosis”, así como “las neurosis”, minimizar la subjetividad es
peligroso) va a depender del vínculo que ha podido desarrollar a partir de su
estructura. En el transcurso del tratamiento el analista se vale de la parte
neurótica del paciente, como lo comenta Rosenfeld. Esto significa que en la
relación transferencial el paciente delirante se valdrá del bagaje vincular
ofrecido en su propio Edipo. Y el
analista, igual a la relación vincular con los padres de la primera infancia,
se valdrá del acompañamiento, del sostenimiento y la integración ofrecida al
caos emocional de los objetos parciales del paciente, que como la escuela
inglesa nos muestra, podría deambular sin tregua alguna entre la posición
esquizo-paranoide y la posición depresiva.
Estar frente a
las Psicosis es estar entre la espada y la pared. Porque exponen, a carne viva,
un reverso en la técnica, una posibilidad, que no cualquier analista está
dispuesto a tomar. Un lugar donde la escucha, la técnica y la teoría se ponen a
prueba, de una manera que las Neurosis no necesariamente hacen.
Bibliografía
Calligaris, C. (1991). Introducción
a una clínica diferencial de las psicosis. República Argentina: Ediciones
Nueva Visión.
Rosenfeld, D. (2011). El alma,
la mente y el psicoanalista. México: Paradiso Editores.
