jueves, 29 de noviembre de 2012

“Entre la espada y la pared” con las Psicosis.


Por Edgar Vázquez




                La transferencia es la joya del dispositivo psicoanalítico. Sin el análisis de ella no existe dispositivo, es la función en sí misma que da vuelta a la rueda llamada por Freud “cura”. Como concepto psicoanalítico guarda dentro de sí el núcleo del análisis, sin el cual podríamos estar haciendo cualquier otra psicoterapia, pero no Psicoanálisis. Trae consigo un nudo conceptual que lleva tiempo entender y saber emplear en la dirección de la cura: podemos hablar de repetición en función de las figuras parentales, podemos hablar de regresión hacia la imagen del analista, idealización y alabanza en esa misma imagen, podemos hablar de pulsión de muerte, destrucción por la figura del analista, podemos hablar de castración, “¿cómo es que ya se acabó la sesión nada más porque tú dices?”, tal cual una paciente me compartió algún tiempo atrás, podemos hablar de diagnóstico, podemos hablar del amor, porque el amor es transferencia, y ninguna otra de las “psicologías” hablan del amor tal y como lo habla el psicoanálisis.
                ¿Por qué lleva tiempo entender y saberla utilizar en la dirección de la cura? Porque está direccionada siempre hacia el analista, hacia la persona, hacia la figura del que está enfrente, o detrás, podría ser, en tal caso de estar en un diván. Porque trae consigo la posibilidad ilusoria y fantasmatica de enredarse en la misma transferencia proyectada por el paciente. El término “contratransferencia”, ampliamente rechazado por lacan, y por un servidor, por el mismo hecho de estar funcionando como un tecnicismo, como un malfuncionamiento en un supuesto que debería funcionar, una variable extraña que hay que descartar. No, hay que decirlo con todas las letras, hablar las cosas por su nombre: “odio a mi paciente”, “me aburre mi paciente y me hace bostezar”; en vez de “la contratransferencia está haciendo efecto”. El análisis de eso llevará a la posibilidad de ponerlo al servicio de la dirección de la cura.
                Dentro de las Neurosis, la transferencia traerá consigo un supuesto: el lugar del supuesto saber, donde el neurótico apuntala con su pregunta: “¿Qué es ser mujer?”, “¿Estoy vivo, o estoy muerto?”. Sin embargo dentro de las Psicosis el efecto de la transferencia incluirá un reverso que trastoca la técnica en sí misma.
                Sin la necesidad de ahondar mucho en el profundo trabajo teórico que implica conocer la Estructura de la Psicosis, sabemos de antemano que el mecanismo principal radica en la Forclusión. Mientras que en la Neurosis, el mecanismo primordial es la Represión, en la psicosis, la Forclusión permite al sujeto estructurarse en función de un “déficit”, algo que le diferencia de un Neurótico: el nombre del padre.
¿Qué sucede en las Psicosis?, como lo plantea Calligaris, la Metáfora Delirante efectúa un papel primordial en la significación subjetiva del sujeto, válgame la redundancia. Mientras que en las Neurosis la Metáfora Paterna provee al sujeto la posibilidad de creer en una Ley, una ley que promueve la interacción pacífica entre los sujetos, entre sus deseos y una separación agradable y cómoda de sus quehaceres, en las Psicosis, la Metáfora Delirante provee de una posibilidad de implementar un orden sobre el caos. El caos del deseo del otro. Dentro del Delirio no existe la posibilidad de la pregunta, de la posibilidad de la opinión del otro. Es un saber puro que trae consigo el delirante ante la figura del analista como un testimonio, no como una posibilidad de validación, todo lo contrario, nosotros como psicoanalistas, como psicólogos clínicos, somos testigos del saber del delirante. Un ejemplo que un profesor ilustraba en este sentido, hablando de un delirante que decía haber sido abducido por los extraterrestres, imaginando que el psicoterapeuta, lego del psicoanálisis, intentara proveer de una confrontación con la “realidad”, le dice: “vayamos pues a ponerlo en un estudio de rayos X, veamos, pues, el aparato que usted dice que fue implantado en contra de su voluntad”. A lo que el delirante responde: “bueno, usted está loco, doctor. ¿Cómo se le puede ocurrir que una tecnología tan obsoleta y primitiva como los rayos X pudiera dar testimonio de la avanzada tecnología alienígena?”.
El delirio se defiende a sí mismo. Trae un vórtice de congruencia, imposible de eludir. Y si fuera incluso posible de eludir, la apuesta psicoanalítica es no hacerlo. Porque eso mismo, el Delirio, la Metáfora Delirante, es lo que le sostiene al paciente. Hay que aprender de ella.
Hemos de compartir, por la experiencia que nos da la clínica, que escuchar un discurso delirante es profundamente exhausto, cansado. Trae consigo una inercia la cual uno es convocado como testigo. Escuchar un discurso delirante contrae retos hacia el narcisismo del analista, hacia la tangibilidad de “reducirse” a un espectador, tal cual podría llegar a escuchar el Yo inflamado de un analista que levita sobre sus propias palabras. Contiene retos hacia la escucha del analista también, cuando lo imperante del discurso delirante, la tendencia a la cual invita es a la de la comprensión, como decía Lacan, “una vez que comenzamos a comprender, ya no estamos escuchando nada”.
¿Y podríamos entonces suponer que dentro del análisis con un paciente con Estructura Delirante no existe la transferencia? Sí la hay, pero la pregunta es ¿qué tipo de transferencia? “… de la nada no puede hacerse nada.”  Diría Shakespeare. Y es que, caminando por el sendero del desarrollo psicosexual, la oportunidad que un paciente pueda tener con su psicosis (porque por supuesto que hablamos en plural, “las psicosis”, así como “las neurosis”, minimizar la subjetividad es peligroso) va a depender del vínculo que ha podido desarrollar a partir de su estructura. En el transcurso del tratamiento el analista se vale de la parte neurótica del paciente, como lo comenta Rosenfeld. Esto significa que en la relación transferencial el paciente delirante se valdrá del bagaje vincular ofrecido en su propio Edipo.  Y el analista, igual a la relación vincular con los padres de la primera infancia, se valdrá del acompañamiento, del sostenimiento y la integración ofrecida al caos emocional de los objetos parciales del paciente, que como la escuela inglesa nos muestra, podría deambular sin tregua alguna entre la posición esquizo-paranoide y la posición depresiva.
Estar frente a las Psicosis es estar entre la espada y la pared. Porque exponen, a carne viva, un reverso en la técnica, una posibilidad, que no cualquier analista está dispuesto a tomar. Un lugar donde la escucha, la técnica y la teoría se ponen a prueba, de una manera que las Neurosis no necesariamente hacen.  


Bibliografía

Calligaris, C. (1991). Introducción a una clínica diferencial de las psicosis. República Argentina: Ediciones Nueva Visión.
Rosenfeld, D. (2011). El alma, la mente y el psicoanalista. México: Paradiso Editores.

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